Desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha librado una batalla existencial contra el concepto de la finitud. Somos, como bien se señala, los únicos seres racionales de este planeta, dotados de sensaciones, sentimientos y una capacidad de pensamiento que nos permite discernir entre el bien y el mal. Sin embargo, esta misma racionalidad nos ha confrontado con la ineludible realidad de la muerte, un fenómeno que, desde que los primeros humanos primitivos la percibieron como una desaparición física y el inicio de la descomposición del cuerpo humano, ha generado un "miedo esquizofrénico" que nos ha perseguido a lo largo de la historia.
La narración ancestral sugiere que, durante miles de años, el hombre habitó este planeta sin una plena conciencia de su propia mortalidad. Pero en el instante en que esa conciencia se hizo presente, surgió una necesidad imperiosa: la de crear esperanza. No todos podían aceptar la idea de un fin absoluto, y así, de manera cuasi simultánea en todas las civilizaciones, florecieron los mitos y las creencias para extender la vida más allá de la muerte. Algunos encontraron la divinidad en la naturaleza; otros, a través de revelaciones místicas, establecieron códigos y reglas de conducta con la promesa de salvarnos de la inevitable muerte.
No pretendo, en este escrito, descalificar ninguna religión. Por el contrario, las respeto a todas por igual, reconociendo su papel fundamental en la cohesión social. Es una verdad innegable que, sin la estructura moral y la esperanza que las religiones ofrecen, la humanidad podría sucumbir en un caos ético y existencial. La fe ha sido, para millones, el andamiaje que sostiene el sentido de sus vidas ante la crudeza de la existencia y la sombra de la nada.
Nos aferramos a la vida con una vehemencia que explica nuestro terror a la muerte. El filósofo Epicuro pensaba que:–"la muerte no es nada para nosotros, porque cuando estamos, ella no está, y cuando ella está, nosotros ya no somos"–, si bien es una reflexión brillante para mitigar la fobia a la "inevitable", ha demostrado ser insuficiente. Epicuro, en su búsqueda de la ataraxia (la ausencia de perturbación) y el placer como el mayor bien, argumentaba que el miedo a la muerte es irracional porque la muerte es la privación de la sensación, y donde no hay sensación, no puede haber dolor. Por lo tanto, temer a la muerte es temer algo que, por su propia naturaleza, no podemos experimentar. Para él, el objetivo de la vida era una vida placentera, entendida no como un exceso, sino como la ausencia de dolor físico y la tranquilidad del alma, y la muerte no podía privarnos de esos placeres si ya no existíamos para experimentarlos. Empero, a pesar de esta lógica impecable desde su perspectiva, los seres humanos, en nuestra esencia, seguimos amando la vida y abominando la muerte, anhelando una trascendencia que desafíe la caducidad del cuerpo.
Desde mi propia experiencia, la muerte ha sido objeto de profunda meditación. Las preguntas sobre el "después", sobre lo que sigue a nuestra travesía por este mundo, persisten sin respuesta definitiva. Es esta ausencia de certezas empíricas la que nos empuja hacia la fe, hacia la esperanza de que existe un propósito divino para cada uno de nosotros.
Confieso que mis creencias se anclan en la fe en un Dios omnipotente, creador de los cielos y la tierra, de la naturaleza, los seres humanos, los animales y todo cuanto existe en el universo. Reconozco que no poseo ninguna evidencia tangible para demostrarlo. Sin embargo, esta ausencia de prueba no disminuye la fuerza de mi creencia, sino que, paradójicamente, la refuerza. La fe, por definición, opera en el ámbito de lo que no se ve, de lo que no se puede tocar, pero se siente profundamente, tal como lo expresa la Santa Biblia: "Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve" (Hebreos 11:1).
Esta tensión entre la razón que nos confronta con la finitud y la fe que nos ofrece una trascendencia, es una constante en la experiencia humana. Es un diálogo interno que nos define, nos consuela y nos impulsa a buscar un sentido, una verdad que nos permita vivir plenamente, incluso bajo la sombra ineludible de la muerte. Y en esa búsqueda, la fe, desprovista de demostraciones, juega un papel fundamental en la vida de muchos, iluminando el camino en la oscuridad de la incertidumbre.