Santo Domingo, 08 de mayo de 2026-Hay asesinatos (homicidios agravados) que se clavan en el alma colectiva de un país, y el horrendo crimen de Llenas Aybar es, sin duda, uno de ellos. Su nombre, después de tantos años, todavía evoca una mezcla de tristeza profunda, impotencia y una indignación que parece no conocer el paso del tiempo. Para muchos, incluyéndome a mí, la noticia de su hallazgo sin vida el 4 de mayo de 1996, tras una búsqueda desesperada que comenzó el 3 de mayo, se convirtió en una cicatriz imborrable.
Recuerdo, siendo apenas un niño, la conmoción que generó la imagen de su pequeño cuerpo encontrado en un arroyo, con las manos atadas, y presentando múltiples puñaladas. Aquella brutalidad, tan ajena a nuestra realidad cotidiana, nos dejó a todos sin aliento. Fue la primera vez que entendí la magnitud de la maldad, el vacío que deja la violencia extrema. La televisión, los periódicos, las conversaciones en las casas, todo giraba en torno a ese doloroso suceso que desgarró a una familia y dejó una herida abierta en el corazón de cada dominicano. El sufrimiento de sus seres queridos se sentía como propio, y la sed de justicia se elevaba en cada rincón del país.
Este crimen, por su saña y por las revelaciones que lo acompañaron, despertó una condena unánime que se materializó en la sentencia de Mario José Redondo Llenas y Juan Manuel Moliné Rodríguez. La consternación fue aún mayor cuando se supo que Redondo Llenas, primo de la víctima, había participado cínicamente en la búsqueda del niño. ¡Imaginen el impacto de semejante traición! Aquella cercanía del victimario a la víctima no solo agravó el acto, sino que sembró una profunda desconfianza en la sociedad.
Ahora, con la llegada del 5 de mayo de 2026, nos encontramos nuevamente frente a ese doloroso eco del pasado. La inminente salida en libertad de Redondo Llenas, tras cumplir sus 30 años de condena, ha encendido nuevamente las alarmas y las redes sociales y los medios de comunicación se han llenado de voces que reflejan una comprensible mezcla de indignación, temor y la sensación de que, quizás, el tiempo no ha curado todas las heridas. Es natural; nuestra sociedad es, y con justa razón, implacable ante crímenes que nos han marcado tan profundamente. Y, seamos honestos, no tenemos por qué entender siempre las complejidades de un sistema legal que, a veces, parece ir a contracorriente de nuestro sentir.
Pero es precisamente en este punto donde, como sociedad, debemos hacer una pausa. Más allá del justo castigo que impuso la ley, la pena también persigue un objetivo crucial: la reinserción social. Redondo Llenas, por muy difícil que sea digerirlo, ha cumplido su condena, la pena que el Estado, en representación de todos nosotros, le impuso. Y legalmente, esto es un hecho irrefutable: no puede ser juzgado dos veces por el mismo hecho.
Comprender esto no significa, bajo ninguna circunstancia, justificar su acto, minimizar el dolor de la familia Llenas Aybar, ni olvidar la brutalidad del asesinato de José Rafael. Ese crimen sigue siendo, y será siempre, condenable en los términos más absolutos. Sin embargo, si creemos en nuestro sistema de justicia, debemos reconocer que una de sus finalidades es la reintegración del individuo a la sociedad, con la esperanza de que, tras el cumplimiento de su pena, pueda integrarse como un ser productivo.
El reto que se nos presenta es enorme: ¿cómo equilibramos el reclamo de justicia y el dolor que aún persiste con los principios legales que rigen nuestras vidas? ¿Estamos preparados para aceptar la reinserción de quienes, como Redondo Llenas, han cometido crímenes de una magnitud tan impactante?
La reincorporación de Redondo Llenas a la vida en sociedad será, sin duda, un proceso delicado, que generará controversia y abrirá debates. Pero es un momento crucial para que, como dominicanos, enfrentemos estas complejidades. Debemos, sin olvidar el pasado que nos duele, aferrarnos a los principios que sustentan nuestra justicia. Es la oportunidad de demostrar que, incluso frente a las memorias más amargas, nuestra sociedad puede evolucionar hacia una comprensión más profunda de la justicia y la rehabilitación, sin por ello borrar jamás el recuerdo del pequeño Llenas Aybar y el horrendo crimen que nos marcó a todos.