Santo Domingo, 22 de mayo de 2026. Anoche tuve un sueño tan real y profundo, que al despertar sentí que aún estaba allí, bajo aquel cielo cambiante. Fue una experiencia que quedó grabada en mí como una mancha indeleble. Todo comenzó un día que, aunque parecía normal, pronto se transformó en algo que jamás imaginé presenciar.
Era un día distinto a todos los demás; en las alturas se escuchaban estruendos profundos, como un terremoto que sacudía los cielos. Las nubes chocaban entre sí, desatando truenos que retumbaban en cada rincón de la Tierra, acompañados de relámpagos que iluminaban el firmamento con destellos cegadores.
Lluvias torrenciales caían sin cesar, llenando los océanos hasta el borde, desbordando ríos, quebradas y todas las fuentes de agua, que salieron de sus cauces naturales y se extendieron por la tierra. De repente, todo se sumió en una oscuridad absoluta. Entonces, las nubes se abrieron de par en par, dejando paso a una luz resplandeciente, intensa y pura, distinta a cualquier luz que jamás hubiera brillado sobre el mundo.
A través de esa abertura celestial descendió Dios, acompañado de otros seres luminosos, cuya luz, aunque brillante, era mucho más tenue que la que irradiaba el ser principal. Se movían con lentitud, avanzando sin prisa, como si el tiempo no tuviera importancia para ellos. No tenían forma humana: eran esencias de luz, figuras sin contornos definidos, y Dios no era aquel anciano de barba larga y cabellos blancos que tantas veces habían imaginado y descrito. Tampoco sus acompañantes llevaban alas, tal como se había contado en leyendas y relatos antiguos. Sin embargo, en la intensidad de su brillo, se percibía una gravedad solemne, una presencia que no invitaba a la cercanía ni a la alegría; nada en ellos reflejaba una llegada amistosa.
Se posicionaron en un punto central del planeta, desde donde podían ser vistos y escuchados por todos los seres vivos al mismo tiempo. Dios permanecía en el centro, y los demás seres formaron un círculo perfecto a su alrededor, una barrera luminosa y sólida, impenetrable para cualquier cosa o persona de la Tierra.
En un instante, todo se calmó. La lluvia cesó por completo, las nubes se serenaron y se dispersaron suavemente, y los truenos y relámpagos desaparecieron tan rápido como habían llegado. El cielo se aclaró, pero el sol no volvió a salir. El mundo entero parecía haberse detenido en el tiempo. Reinaba un silencio profundo, absoluto: no se escuchaba el canto de los pájaros, ni el viento entre las hojas, ni el murmullo de los animales, ni ningún sonido humano. Todo estaba en calma. Poco a poco, las personas comenzaron a salir de sus casas, atraídas por aquella luz inmensa que permanecía en silencio sobre el cielo.
Todos los seres humanos miraban hacia arriba, inmóviles y callados. En sus rostros se reflejaba una mezcla de asombro, confusión y miedo ante lo desconocido. La mayoría ignoraba que aquella presencia imponente era Dios, y que aquellos seres luminosos eran ángeles, llegados al mundo terrenal para llevar a cabo el juicio final de la humanidad.
Eran miradas llenas de incertidumbre, de ese temor que surge ante lo que no se comprende. Nadie sabía con certeza qué estaba ocurriendo, pero una intuición profunda les decía que algo trascendental estaba sucediendo: algo que superaba la capacidad humana, algo que pertenecía a un orden superior. Era la primera vez que presenciaban una manifestación de poder tan inmenso. Ver descender del cielo a seres de luz, diferentes a todo lo conocido, era un suceso que no cabía en la comprensión humana.
Entonces, se escucharon las primeras palabras de Dios: una voz potente, clara, que resonó en cada mente y en cada corazón, sin necesidad de sonido físico.
—Quien tenga oídos, que escuche; quien tenga ojos, que vea; quien tenga tacto, que sienta. Esta es la última advertencia que hago a la humanidad, para que cambie su forma de vivir. Lo primero que debo decirles es que: yo no soy el anciano de cabellos y barba canosos que les han contado. No tengo forma humana, y ustedes no fueron creados a mi imagen y semejanza. Es una ofensa para mí que se diga que seres como ustedes —que actúan con tanta maldad— fueron creados a mi semejanza. ¿Cómo puede ser eso posible, si yo soy una esencia llena de bondad, que no se parece en nada a lo que ustedes son?
Al oír esto, muchos sintieron el impulso de defenderse. Algunos líderes, gobernantes y personas que se creían justas abrieron la boca intentando hablar; querían pedir perdón, dar excusas o tratar de justificar sus acciones y sus leyes. “No es nuestra culpa”, querían decir, “lo hicimos por necesidad”, “otros empezaron primero”. Pero en cuanto intentaron pronunciar la primera sílaba, una fuerza invisible, suave pero absoluta, les selló los labios. Sus voces quedaron atrapadas en la garganta; podían mover la boca, podían intentarlo, pero ningún sonido salía de ella. Una energía inmensa les recordó que, ante la verdad, no hay argumentos que valgan, ni excusas que sirvan. Debían escuchar, solo escuchar.
Dios continuó su mensaje, sin detenerse, sabiendo que cada palabra llegaba directo al entendimiento, sin filtros ni justificaciones:
—Por su culpa, el planeta Tierra está herido y contaminado. No respetan el mundo que yo creé: este espacio no fue hecho solo para ustedes, sino para todas las especies, para la naturaleza, para todo lo que vive y lo que no tiene vida. Están rompiendo el equilibrio que sostiene a todas las formas de existencia. Si no modifican su comportamiento, la Tierra colapsará; y no será por voluntad mía, sino como consecuencia directa de sus propias acciones.
—Su afán de lucro, su avaricia sin límites, su envidia, su maldad y su perversidad han convertido al mundo en un lugar que pronto dejará de ser su hogar. Al principio, cuando tenían menos conocimientos y herramientas, convivían con la tierra sin causarle daño. Pero a medida que les he permitido crecer y desarrollarse, han decidido acabar con todo: contaminan los ríos hasta matarlos, destruyen los bosques que les dan aire, han borrado de la existencia a innumerables especies de animales. Ustedes son los únicos seres vivos que comen sin tener hambre, que duermen sin tener sueño, que acumulan riquezas como si fueran a vivir eternamente.
—Pero lo que más me duele es cómo se destruyen unos a otros. Han inventado guerras de todo tipo: guerras por poder, por territorio, pero también guerras económicas que empobrecen a millones solo para que unos pocos tengan más, y guerras religiosas que dicen hacerse en mi nombre. ¡Qué error tan grande, qué ofensa tan profunda! Han matado, destruido y sometido a sus semejantes alegando que yo se lo ordenaba, cuando yo solo les he pedido amor y respeto. Esas luchas absurdas han costado la vida a millones de seres humanos, dejando tras de sí dolor, ruinas y odio, todo nacido de su propia codicia e intolerancia, nunca de mi voluntad.
Al mencionar las guerras y las injusticias, muchos volvieron a intentar alzar la voz. Algunos querían explicar que sus guerras eran “justas”, otros querían culpar a sus enemigos, otros querían alegar que su riqueza era merecida. Movieron los labios, gesticularon con desesperación, pero aquella fuerza invisible seguía ahí, impidiendo cualquier palabra. Sus propias razones se desmoronaban dentro de sus mentes al escuchar la verdad absoluta.
—Si yo, como Dios todopoderoso, decidiera borrarlos de la faz de la Tierra, el planeta se recuperaría. En apenas unas décadas, volvería a florecer, libre de su presencia. Destruyen todo lo que encuentran a su paso: dan más valor a los minerales enterrados en el suelo que al agua que les da vida. Cuanto más avanza su ciencia y su conocimiento, más destruyen su propio hogar y el de tantos otros seres. De todas las criaturas que habitan este mundo, ustedes son las que menos se parecen a mí.
—Desde ahora les digo: no hablen tanto de mí. Demuestren, con hechos, que cumplen mi voluntad. ¿De qué sirven las palabras vacías, si no van acompañadas de acciones que den verdadero sentido a lo que dicen?
—Dejen de repetir frases que no comprenden. Dejen de decir que toda obra es para bien, o que el mundo se rige solo por la ley de causa y efecto. Yo les digo que “quien siembra vientos, cosecha tempestades”, pero en lo que hacen ustedes, en esas guerras económicas y religiosas que han desatado, no hay nada de bien. Dejen de afirmar que hablan conmigo: yo no tengo forma humana. He asumido esta apariencia de manera temporal, solo para comunicarme con ustedes en un lenguaje que puedan entender.
—Búsquenme en cada persona que encuentran a su paso, en cada río que corre, en cada bosque que crece, en cada animal que vive. Respeten las reglas de la existencia: no contaminen su entorno, no acumulen más de lo que necesitan para vivir. Contribuyan con obras buenas, justas y verdaderas, y olvídense de la idea de que tendrán otra vida igual a esta, con recuerdos y conciencia plena, después de la muerte.
—Cuando sus cuerpos físicos dejen de funcionar, no desaparecerán por completo. Se transformarán en otras formas de energía y de vida, y sus esencias seguirán conectadas al todo, pero ya no tendrán memoria ni conciencia de lo que fueron. No vivan atormentados por esto: son realidades que están fuera de su alcance y de su comprensión. No gasten su tiempo —que es breve y frágil— preocupándose por lo que no pueden cambiar. Esta vida es sencilla; son ustedes mismos quienes la complican con sus miedos, sus creencias equivocadas y sus deseos sin fin.
—No sigan repitiendo el relato de que soy un Dios vengativo. Yo no tengo los vicios, ni las pasiones, ni la ira que poseen los seres humanos. Soy una esencia de equilibrio y de orden. He creado todas las condiciones necesarias para que puedan vivir en este planeta con dignidad. Pero no intervengo en sus asuntos, ni decido por ustedes. Les doy el aire para que todos respiren, la tierra para que todos disfruten, la naturaleza para que la administren con sabiduría. En ella pueden encontrar todo lo necesario para vivir bien, en paz y en armonía.
—No me atribuyan acciones que sería incapaz de realizar: nunca he destruido ciudades ni civilizaciones con mi mano. Mi naturaleza es creadora, no destructora. Tampoco he prometido acabar con este mundo; todo lo contrario: he venido a advertirles que, si no toman conciencia, serán ustedes mismos quienes lo destruyan.
—Hagan el bien a sus semejantes y a toda forma de vida que habita aquí. Esa es la única forma de agradarme. Son muy atrevidos al creer que ocupan el centro del universo. Existen incontables planetas con vida, similares o muy distintas a la suya, pero los he ubicado a distancias inmensas para que nunca se encuentren ni se interfieran entre sí. Dejen de buscar vida lejos de su hogar; ocupen su tiempo cuidando este, que ya lo tienen bastante descuidado.
—Escuchen bien estos números, porque en ellos está la verdad de su abundancia: su planeta tiene un diámetro promedio de 12.742 kilómetros; su circunferencia ecuatorial alcanza los 40.077 kilómetros; su superficie total es de unos 510 millones de kilómetros cuadrados. ¡Espacio y tierra más que suficientes para que ningún ser humano pase hambre o necesidad! Sin embargo, por su propia codicia, por ese afán desmedido de lucro que los ciega, y por esa sed de poder y dominio que los enfrenta, han propagado el hambre, la miseria y la muerte en cada rincón de este mundo generoso que les di.
La voz se apagó lentamente, pero sus palabras quedaron grabadas en la mente y el corazón de cada ser humano, como si fueran parte de su propia memoria. Aquella fuerza invisible que les había impedido hablar se fue desvaneciendo poco a poco, permitiendo ahora el silencio y la reflexión. Muchos bajaron la mirada, avergonzados, al recordar las sangrientas historias que habían escrito con sus propias manos, las fronteras cerradas, las riquezas usadas como armas y las religiones convertidas en campos de batalla. Comprendieron, al fin, que, ante la realidad, las excusas no existen.
Entonces, la luz comenzó a elevarse suavemente hacia el cielo. El círculo de seres luminosos se cerró alrededor de Dios, y juntos ascendieron de la misma forma pausada y majestuosa con la que habían bajado. Las nubes se reunieron de nuevo tras ellos, sellando la abertura celestial, y poco a poco, la luz se fue desvaneciendo hasta desaparecer por completo entre las alturas.
En la Tierra, todo volvió a la normalidad. El sol brilló de nuevo, los pájaros cantaron otra vez, el viento movió las hojas y el agua volvió a correr por los ríos. Pero nada era realmente igual. Los seres humanos se miraron unos a otros, y en sus ojos ya no había asombro ni terror, sino una comprensión nueva y profunda. Comprendieron que cada guerra, cada disputa económica, cada odio religioso había sido una elección suya, y que millones de vidas se habían perdido por creer que tenían la verdad absoluta o el derecho a dominar. Y recordaron con claridad aquel momento en que quisieron defenderse y no pudieron: porque la verdad no necesita defensa, solo aceptación.
Cada uno volvió a su casa, pero ya no con la misma actitud. Muchos empezaron a mirar el río de su entorno no como un vertedero, sino como una fuente de vida. Otros empezaron a compartir lo que tenían, entendiendo que la riqueza compartida es lo único que tiene valor real. Los que gobernaban entendieron que su poder no era para imponer ni para destruir economías ajenas, sino para equilibrar. Los que creían entendieron que su fe debía ser puente, no muro ni espada.
Yo desperté sobresaltado, con el corazón acelerado y las palabras aún resonando en mis oídos. Miré por la ventana y vi el mundo de siempre: el ruido, el humo, la prisa de la gente, y a lo lejos, las noticias que hablaban de conflictos y diferencias. Por un momento temí que todo hubiera sido solo un sueño y que el mensaje se perdiera entre la bruma del despertar.
Pero luego comprendí que aquel día Dios bajó del cielo, no para juzgarlos y destruirlos, sino para dejarles la elección definitiva. No cambió el mundo con su poder, porque eso habría sido quitarles su libertad. Se fue, dejando todo tal como estaba, pero sembrando la verdad en el espíritu de cada persona: la verdad de que han sido sus propias guerras, sus odios, su avaricia y sus falsas justificaciones lo que los ha traído al mundo al borde del abismo.
Ahora, la Tierra sigue girando. La lluvia cae y el sol brilla sobre justos y pecadores. Pero la advertencia sigue ahí, flotando en el aire, grabada en la memoria colectiva. La destrucción o la salvación del planeta ya no depende de un Dios lejano, sino de si los seres humanos deciden, al fin, dejar de enfrentarse por dinero o por dioses imaginarios, y empiezan a cuidar lo único real que tienen: su vida en común y este hogar compartido.
Porque el cielo se abrió una vez para hablarles. Ya no hay excusas, ni palabras que valgan, ni defensas posibles: el futuro del mundo está, ahora y para siempre, en sus propias manos.
Fin.