Santo Domingo, 12 de junio de 2026.-El Partido Revolucionario Moderno surgió en 2014 como consecuencia de una división interna en el seno del Partido Revolucionario Dominicano. Nació, pues, de las mismas raíces, de la misma estructura y, lamentablemente, la historia ha demostrado que conserva la misma esencia dañina que decía combatir.
Con un nombre nuevo y una imagen supuestamente renovada, sus principales dirigentes prometieron al país que las viejas formas de hacer política quedaban enterradas en el pasado. Juraron ante la nación que ellos representaban la ruptura definitiva y que, una vez llegaran al poder, producirían los cambios profundos, honestos y modernos que la República Dominicana requería con urgencia. Su lema de campaña fue, precisamente, “el cambio”. Montados en esa promesa, recorrieron cada rincón del país asegurando que su organización era nueva, limpia y que había nacido exclusivamente para transformar la nación.
Pero lo que nunca dijeron es que cambiar de nombre no cambia la naturaleza. Por una combinación de circunstancias políticas, llegaron al poder en las elecciones de 2020. Y lo que hemos vivido desde entonces confirma, sin lugar a dudas, que el cambio fue solo un disfraz publicitario. Aquí aplica a la perfección la célebre frase de la novela El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. Y eso es exactamente lo que hicieron: cambiaron las siglas, los colores y los discursos, solo para mantener intactas las viejas prácticas, los privilegios y el mismo sistema que decían rechazar. Cambiaron la apariencia para que la esencia corrupta y clientelista siguiera gobernando.
En el ejercicio del poder, su gestión ha actuado como una plaga que se ha desatado sobre el país. Han triplicado la deuda pública histórica, hipotecando el futuro de las próximas generaciones; han deteriorado la calidad de la mayoría de los servicios básicos hasta hacerlos inservibles; y han utilizado el brazo persecutor del Ministerio Público como herramienta para hostigar, amedrentar y perseguir políticamente a sus opositores. Lo más grave y vergonzoso es que, en casi seis años de gobierno, no han sido capaces de presentar ni un solo caso de corrupción que termine con una condena firme e irrevocable. Todo es ruido, todo es teatro mediático, pero nada de justicia real.
No han mejorado absolutamente nada; al contrario, todo está peor que antes. El costo de la vida es inalcanzable y crece día a día; la inseguridad ciudadana nos tiene atemorizados dentro de nuestras propias casas; y el 4% del PIB destinado a la educación —una conquista histórica del pueblo dominicano— lo han convertido en fuente de negocios, contratos y enriquecimiento para sus allegados. Vivimos en un caos permanente en el transporte público, los hospitales están vacíos de medicamentos y de personal, y han inflado la nómina pública sin medida ni control, solo para pagar favores políticos y acomodar a compañeros de partido, mientras la eficiencia del Estado sigue en el suelo.
Gastan miles de millones de pesos en publicidad y propaganda engañosa, intentando comprar voluntades y maquillar la realidad, mientras la gran mayoría de los dominicanos luchan día a día para poder llevar comida a su mesa. Prometieron avanzar, prometieron transformación, prometieron dignidad, pero lo único que han hecho es ir en reversa. ¡Ah, bueno! Quizás tengan razón en su retórica vacía: la reversa también es un tipo de cambio, aunque sea el cambio directo hacia el abismo.
Y aquí está la coincidencia histórica que ellos intentan ocultar: cuando este partido —o sus antecesores de las mismas raíces e ideología— asumen el poder, el pueblo sufre irremediablemente. La historia no miente y se repite como una condena:
En 1978 llegó Antonio Guzmán, quien, abrumado por la corrupción, el despilfarro y los desmanes de su propia administración, terminó con su vida, dejando un país en ruinas.
En 1982 asumió Salvador Jorge Blanco, quien concluyó su mandato tras ser condenado y encarcelado públicamente por actos de corrupción y mal manejo de los fondos del Estado.
En el año 2000 llegó Hipólito Mejía, quien prometió lo mismo que hoy prometen, y dejó una crisis económica, financiera y social tan profunda que todavía hoy los dominicanos pagamos las consecuencias de aquel desastre.
Y ahora, en 2020, llega Luis Abinader: su gobierno es, sin duda, el que más ha endeudado el país en toda la historia nacional, pero paradójicamente es el que menos inversión real y productiva ha realizado. Todos esos préstamos millonarios no se usaron para el desarrollo, ni para carreteras, ni para salud, sino para gastos corrientes, para mantener una maquinaria política clientelar y para financiar la propia imagen del gobierno.
Hoy el pueblo dominicano está en su peor momento. La gente humilde pasa hambre sin disimulo, los productores del campo están quebrados y totalmente abandonados, y han destruido sistemáticamente el sector productivo nacional para favorecer negocios de amigos.
Llevan muchos años improvisando, gobernando a la deriva y jugando con la calidad de vida de una nación entera. Un pueblo que muere lentamente, víctima de la ineficiencia, la indolencia y la falta de sensibilidad de un gobierno al que no le duelen los problemas de la gente.
Al final, el PRM no fue un cambio, fue solo un reciclaje perfecto de lo viejo. Es exactamente el mismo PRD de siempre, con los mismos vicios, la misma corrupción y la misma incapacidad, pero pintado de azul y con otro nombre. Aplicaron al pie de la letra la lección del Gatopardo: cambiaron todo para que nada cambiara. Traicionaron su origen, traicionaron a sus fundadores y traicionaron la confianza del pueblo.