Santo Domingo de Guzmán, Distrito Nacional, 24 de julio de 2026
El pasado 15 de julio del presente año se conmemoran los ciento cincuenta aniversarios del fallecimiento del hombre que nos dio patria, y, sin embargo, la injusticia que padeció sigue intacta, como una herida que nunca ha sanado por completo. Conmemorar a Juan Pablo Duarte no puede reducirse a un acto protocolar ni a una ceremonia de palabras vacías: es también el momento de mirar de frente nuestra propia historia, con sus luces, sus sombras y las culpas que aún no hemos saldado.
¿Será que en la República Dominicana siempre han asaltado el poder político los traidores y los perversos?
El fundador de la República murió en el ostracismo, lejos de la tierra por la cual él y su familia se sacrificaron hasta el límite de sus fuerzas. Ciento cincuenta años de su partida: una figura que los gobernantes utilizan de forma decorativa, para simular un patriotismo que está profundamente divorciado de la realidad que vivimos.
Duarte, moriste solo, fuera de tu patria y en la miseria. Tus contemporáneos no supieron comprender ni valorar tu grandeza. Fuiste un hombre fuera de serie: de sentimientos nobles, desprendido de bienes personales, solidario y auténticamente patriota.
Tu forma de ser nunca encajó en la política dominicana, ese espacio donde suelen triunfar los truhanes; donde predomina el interés particular por encima del bien general; donde el robo del erario público parece ser la mayor aspiración de tantos falsos dirigentes que pululan en la fauna política nacional.
La historia no registra que jamás le hiciste daño a nadie. Quizás esa fue tu gran equivocación. Porque en la política, cuando eres íntegro como tú lo fuiste, y la mayoría no lo es, todos se unen en tu contra, formando una suerte de asociación de malhechores para bloquear todas tus iniciativas y apagar tu luz.
Pero recordarte hoy no es solo para lamentar tu suerte, sino para exigir que tu ejemplo deje de ser una excepción y se convierta en la regla. No honramos a Duarte con estatuas ni con discursos de ocasión: lo honramos cuando defendemos la honestidad, cuando priorizamos el bien común y cuando protegemos con firmeza la identidad, la soberanía y las leyes de esta nación que él fundó.
Ese verdadero patriotismo nos obliga también a mirar con claridad la realidad actual: el desorden migratorio que desdibuja nuestra cultura, sobrecarga nuestros servicios públicos y amenaza el equilibrio de nuestra sociedad. No se trata de cerrar los ojos ante la humanidad ajena, sino de entender que primero está la casa que Duarte construyó con su vida y con su sangre; y que es deber de todos nosotros cuidarla, preservarla y entregarla intacta a las generaciones venideras.