Luis Abinader ejerce su segundo mandato, que concluye en 2028, y no tiene opción de reelegirse ni de postularse “nunca jamás” para la presidencia de la República Dominicana. A diferencia de las otras tendencias dentro del PRM, el Luisismo tiene fecha de vencimiento. En la política dominicana, donde las lealtades suelen anclarse a la posibilidad de acceso a cargos, recursos y beneficios —prebendas y dádivas—, la certeza de que el líder no puede ofrecer continuidad debilita cualquier estructura a largo plazo. Nadie apoya a quien ya no tiene nada que repartir ni futuro que garantizar. En la política dominicana impera el “dame lo mío”.
Como presidente recién electo del PRM, Abinader ostenta una autoridad institucional, pero carece de poder de convocatoria y control sobre las bases de esa organización política. Su gestión gubernamental se ha caracterizado por gobernar de espaldas al partido: ha minimizado el rol de los dirigentes históricos, fundadores y estructuras tradicionales, concentrando las decisiones en su círculo cercano. Esta dinámica ha generado profunda antipatía y resentimiento: no gobernó con el partido, sino que utilizó la maquinaria electoral a su antojo personal. Hoy, su autoridad es meramente institucional; no se sustenta en lealtades arraigadas ni en una base que lo reconozca como líder indispensable.
Dentro del PRM, las fuerzas que disputan el poder cuentan con ventajas reales que el Luisismo no tiene. Por un lado, la corriente de Hipólito Mejía, representada por su hija Carolina Mejía, se sustenta en una larga trayectoria política, arraigo popular y una estructura organizativa probada, con capacidad de movilizar sectores tradicionales y mantener alianzas internas sólidas en todo el territorio nacional. Por otro lado, la tendencia de David Collado cuenta con organización propia, un perfil renovador y ciertos vínculos con sectores emergentes dentro del PRM. Ambas corrientes tienen proyecto propio y candidatos con futuro, mientras que el Luisismo no es más que la sombra de un mandato que termina. No tiene candidato sucesor claro ni una obra de gobierno sólida. En un proceso interno, las bases partidarias respaldan a quien puede conducirlas al poder mañana.
En el PRM rige una ley pragmática: la victoria se lleva todo y el poder reconfigura lealtades. Quien gane la nominación interna y, en el caso hipotético, la presidencia de la República Dominicana, recibirá automáticamente el apoyo de quienes buscan cercanía con el poder —gracias a decretos, nombramientos y beneficios estatales—, convirtiéndose en la mayoría absoluta. Incluso la corriente que quede en segundo lugar mantendrá influencia si conserva estructura y vínculos con el gobierno. En cambio, el Luisismo no tiene lugar en esta nueva configuración: no podrá otorgar cargos, ni influir en decisiones, ni ofrecer perspectivas. Quedará en la periferia, rezagado y desvaneciéndose progresivamente, ya que su única razón de existencia fue la presidencia de Abinader, no una identidad o proyecto con raíces partidarias. No debemos olvidar que en la República Dominicana el líder más grande de todos los tiempos es el Presupuesto Nacional.
El error estratégico del gobierno de Luis Abinader fue separar la gestión del partido. Al no cultivar la lealtad de los dirigentes ni integrar a las bases en la administración pública, el Luisismo se aisló. En el PRM, la identidad, la historia y las dinámicas internas no tienen deudas con Luis Abinader; por el contrario, el Luisismo carece de base popular propia dentro de la organización más allá de 2028. Su anémica tendencia está destinada a ser absorbida o relegada por las corrientes que sí entendieron cómo funciona la política dominicana: donde la permanencia depende de estructura, lealtad y capacidad de ofrecer futuro, no solo de ocupar el poder por un tiempo limitado.
El Luisismo carece de futuro electoral porque no cuenta con sucesión clara, estructura partidaria propia ni arraigo en las bases; y en política, sin capacidad de ofrecer poder, no hay corriente que perdure. Luis Abinader se irá en 2028 sin pena ni gloria.