Los políticos dominicanos a quienes les ha correspondido dirigir el país no han estado a la altura de las expectativas de una ciudadanía que clama cada día por la solución de problemas que debieron ser resueltos hace décadas.
La mayoría de los ciudadanos se han dado cuenta de que han sido utilizados por los políticos tradicionales. Asocian el ejercicio de la política con el engaño, las promesas incumplidas, la corrupción, la impunidad, el tráfico de influencias y el clientelismo.
La República Dominicana lleva más de 60 años enfrentando los mismos problemas que cada cuatro años los políticos tradicionales prometen resolver desde el poder.
En estos tiempos en que la ciudadanía tiene acceso a gran cantidad de información, todo queda al descubierto: las promesas de campaña que se olvidan una vez en el poder quedan expuestas con un solo clic.
Los partidos políticos atraviesan una profunda crisis de credibilidad; la ciudadanía percibe que no tienen nada nuevo que ofrecer. Las arengas elocuentes sin contenido real ya no convencen a las nuevas generaciones.
Los partidos políticos deben comprender que esta sociedad ha cambiado; para bien o para mal, también lo ha hecho gracias a su forma de gobernar. El deterioro que sufre el país tiene responsables principales: los actores políticos, quienes han estado al mando durante todo este tiempo y, por tanto, responden tanto de lo bueno como de lo malo que ocurre en nuestra nación.
Santiago Matías es un comunicador y líder popular que ha logrado conectar con vastos sectores de la población, especialmente jóvenes y personas que no se sienten representadas por las figuras políticas tradicionales. Su trayectoria no se ha construido desde las aulas académicas ni desde las estructuras partidarias formales, sino desde el contacto directo con la gente, a través de sus plataformas digitales y espacios de denuncia y crítica social. Ha ganado notoriedad por cuestionar abiertamente a quienes detentan el poder, lo que le ha valido simpatías importantes en quienes rechazan el sistema actual.
Empero, hay aspectos de su trayectoria que no pueden ignorarse:
En 2010 fue detenido por la Dirección Nacional de Control de Drogas (DNCD), siendo señalado por el Ministerio Publico como presunto líder de una red dedicada al tráfico de drogas mediante el envío de personas como mulas hacia Europa.
Su estilo se ha caracterizado por enfrentamientos verbales frecuentes y conductas agresivas en público, alejadas de la mesura que se requiere en la función pública.
Ha sido cuestionado por promover en sus espacios contenidos con lenguaje vulgar, violencia y conductas que diversos sectores consideran contrarios a los valores bajo los cuales su formó este país.
No ha presentado un programa de gobierno estructurado, sostenible y debidamente fundamentado; sus propuestas surgen más de la crítica y el descontento que de un plan serio y viable para el país.
Se le ha señalado de aprovechar su influencia mediática para beneficio propio y de sus negocios, mezclando intereses comerciales con pretensiones políticas.
Su formación en asuntos de Estado, en manejo de políticas públicas o en administración de recursos públicos no se ha evidenciado de manera sólida ni sistemática. Sus propuestas se sustentan más en la crítica y en el descontento generalizado que en un proyecto estructurado de nación.
Que una persona con estas características —sin formación política reconocida, sin experiencia en gestión estatal, sin demostrar comprensión profunda sobre el funcionamiento de un Estado y con antecedentes y conducta cuestionables— figure con fuerza en las encuestas es, más que su éxito personal, el síntoma más claro de que el sistema político dominicano ha fracasado. La vigencia de Alofoke no nace de sus propuestas, sino del vacío que han dejado quienes debieron cumplir y no cumplieron.
Más que buscar culpables, es momento de reflexionar y transformar la forma de hacer política: elaborar propuestas inclusivas que integren a todos los sectores de la vida nacional.
Que el dirigente político no sea visto por los ciudadanos como alguien que aprovecha el cargo para beneficio propio (un tiguere). La honradez, la decencia y el compromiso social deben ser el fundamento del sistema político dominicano.
Estamos a tiempo de rescatar la política: que se ascienda por la preparación, la vocación de servicio y el compromiso con la gente. No podemos permitir que personas sin la formación necesaria, con antecedentes dudosos y sin proyecto serio lleguen al poder y terminen de dañar lo poco que nos queda como país.
Soy partidario de un cambio profundo en el país, pero que sea un cambio positivo. La transformación debe surgir de la experiencia y del conocimiento, nunca de la improvisación. La política requiere preparación, estudio y dedicación; no puede estar en manos de oportunistas ni de quienes apuestan al caos para intentar pescar en ríos revueltos.