En la cadencia de la lluvia que hoy azota nuestra tierra, surge también esa anemoia por el país que alguna vez fue, y vino a mi mente Las Casas de Cartón, la popular canción compuesta por Alí Primera e interpretada por Los Guaraguao.
Esa melodía me motivó a escribir estas letras, para retratar la realidad que se vive en la República Dominicana cada vez que el cielo decide abrirse.
El eco de la lluvia sobre techos precarios, las calles anegadas y la angustia de miles de familias son una constante dolorosa en nuestro territorio. La acumulación masiva de agua, el suelo saturado y la falta de drenajes pluviales —o la obstrucción de los pocos que existen— son un reflejo de esa realidad que nos golpea directamente.
Esta situación se agrava por la autorización de construcciones en zonas de riesgo, cañadas y terrenos bajos, sin estudios previos de vulnerabilidad. Todo ello pone de manifiesto que, como sociedad y como Estado, hemos avanzado poco para enfrentar estos problemas estructurales que nos aquejan desde hace años.
La abulia de los distintos gobiernos centrales y locales hace que no hayan invertido lo necesario para resolver estos temas, mientras ellos permanecen incólumes ante el sufrimiento de la población y solo pronuncian una soflama de promesas que nunca cumplen. Las obras subterráneas no les interesan, porque prefieren invertir en proyectos visibles para poder figurar ante la opinión pública.
El drama se agrava con un factor humano recurrente: la falta de conciencia de muchos ciudadanos. La basura arrojada en calles, cañadas, ríos y espacios públicos, a menudo sin medir el daño que provoca, se convierte en un bloqueo mortal para el agua que necesita fluir.
Esta práctica irresponsable transforma la lluvia en una amenaza inminente. Evidencia que, como comunidad, aún tenemos mucho que aprender sobre la convivencia y el respeto por nuestro entorno.
Con cada aguacero, la tristeza de la pobreza se exhibe sin filtro en los barrios de nuestras ciudades, muchos de ellos levantados sin el menor criterio de planeamiento urbano ni previsión de riesgos.
Con cada lluvia se refleja la dureza de quienes viven en zonas vulnerables. Tienen que abandonar sus hogares, dejándolos a la intemperie con la terrible probabilidad de que personas sin escrúpulos aprovechen la desgracia para robar lo poco que poseen.
Es una realidad que muestra la desesperación y la falta de opciones, donde la gente soporta estas condiciones porque no le queda otra alternativa.
Esta es la amarga verdad de la lluvia en nuestras calles y de la vida de nuestra gente; una verdad que debe movernos a la reflexión colectiva, para buscar soluciones que pongan fin a este ciclo sempiterno de sufrimiento.
No basta con que las autoridades salgan a socorrer a las personas vulnerables cada vez que caen unas gotas de agua. Se hace necesario elaborar un plan para resolver esa problemática de manera definitiva y educar a la población sobre el manejo de desechos sólidos, para que deje de ser solo un sueño onírico el país que todos anhelamos.