Santo Domingo.- Apenas el calendario deshoja sus últimas semanas, una extraña metamorfosis se apodera del espíritu colectivo. No es paz lo que se respira, sino un frenesí eléctrico, una urgencia febril que despoja a las multitudes de su sosiego.
Los supermercados dejan de ser centros de abasto para convertirse en cauces desbordados de ríos humanos; pasillos que son laberintos de ansiedad donde el tiempo se diluye en la espera agónica frente a las cajas registradoras, tributando minutos de vida a cambio de la efímera satisfacción de la compra.
Los carritos de compra, erigidos como altares al exceso, rebosan de frutos y conservas en un gesto casi atávico. Pareciera que el hombre moderno intenta, mediante el acopio, conjurar un hambre ancestral o blindarse contra un apocalipsis que solo existe en su imaginación.
En los templos del consumo de estirpe extranjera, el espectáculo roza lo onírico. Allí, la voluntad sucumbe ante el espejismo de ofertas inverosímiles. Bajo el parpadeo hipnótico de luces multicolores, se comercia con objetos destinados a la obsolescencia como si fueran reliquias de un valor eterno. Figuras inflables de proporciones grotescas y Santa Claus de plástico, dotados de una alegría mecánica y carcajadas sintéticas, gesticulan desde sus pedestales, dictando una pedagogía del consumo que vincula la obediencia infantil con el peso de los paquetes bajo el árbol.
Sin embargo, en los comercios de raigambre nacional, el mito se transforma pero la estructura persiste. Aquí no impera el nórdico de traje carmín, sino la tríada solemne de los Reyes Magos. Es una dialéctica cruel la que divide estas mitologías: mientras el Santa Claus de las élites derrama obsequios onerosos por pura inercia del capital, los Reyes Magos de los barrios humildes exigen la caligrafía de la súplica. A ellos se les escribe con la esperanza contenida, sabiendo que su veredicto depende de una aritmética incierta entre el mérito del niño y la precariedad de los cofres.
Y para aquellos que habitan en los márgenes de la fortuna, donde ni el trineo ni los camellos encuentran el camino, la idiosincrasia de nuestra pobreza ha engendrado una figura de una ternura desgarradora: la Viejita Belén.
Ella es la personificación de la resiliencia; anciana, exhausta y de paso cansino, siempre llega con el retraso que impone la falta de recursos. Sus manos no ofrecen lujos, sino juguetes modestos rescatados del olvido, entregados con la dignidad de quien, a pesar de la fragilidad, nunca traiciona su promesa.
Ante este panorama, cabe preguntarse si este ritual no es más que una alucinación colectiva que nutre la fantasía a costa de desangrar el bolsillo. ¿Es lícito seguir alimentando el espíritu infantil con deidades que reparten premios según el código postal o el capricho del mercado?
Quizás la verdadera sabiduría no resida en el estrépito de los centros comerciales, sino en la quietud de la mesa familiar. Allí, con la sobriedad del papel y el lápiz, deberíamos aprender a gestionar no solo el salario, sino las expectativas.
Porque el mayor legado para un hijo no es el juguete que se quiebra en enero, sino la semilla de la creatividad y la solidez de los principios. Solo esas raíces, profundas y firmes, les permitirá sostenerse con integridad cuando el viento de la vida los llame a ser hombres y mujeres de bien.
Autor: Domingo Peña Nina, médico y abogado
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Sobre el médico Domingo Enmanuel Peña Nina
El doctor Domingo Enmanuel Peña Nina es una figura destacada en la medicina, el derecho y la literatura dominicana. Nacido en San Cristóbal el 21 de septiembre de 1948, ha construido una trayectoria multidisciplinaria que lo posiciona como un referente nacional en ética médica, gineco-obstetricia y derecho médico.
Estudió medicina en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde se graduó con mención honorífica como médico cirujano, y se especializó en ginecología y obstetricia en el Hospital de Gineco-Obstetricia Núm. 1 del Instituto Mexicano del Seguro Social, etc..
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Excelente reflexión del Dr. Peña Nina. Es impresionante cómo logra desnudar esa 'metamorfosis' que sufrimos en diciembre, donde el consumo parece nublar el juicio. Me parece brillante su análisis sobre la dialéctica entre el Santa Claus de la élite y nuestra entrañable Viejita Belén. Es un recordatorio urgente de que los valores y la sobriedad en la mesa familiar valen mucho más que cualquier objeto destinado a la obsolescencia. ¡Gracias por compartir esta pieza de tanta altura!"