Cuando mi hermano mayor (Jesucristo) caminó por esta tierra, la población mundial se estimaba entre 200 y 300 millones de habitantes. La vida era sencilla, ligada a la tierra, sin máquinas ni caminos rápidos. Desde entonces han pasado más de veinte siglos, y en ese tiempo el ser humano ha avanzado de manera vertiginosa, descubriendo, creando y transformando el mundo.
La brújula, que apareció en el siglo XI, permitió navegar mares antes desconocidos, orientarse en tierras lejanas y unir pueblos que antes estaban separados por inmensos océanos.
La imprenta, inventada hacia 1440 por Johannes Gutenberg, hizo que el conocimiento dejara de ser privilegio de unos pocos y se multiplicara entre toda la humanidad, llevando la sabiduría a cada rincón.
El telescopio, perfeccionado en 1609 por Galileo Galilei, nos abrió los ojos ante la inmensidad del universo y nos permitió comprender nuestro lugar en el cosmos.
La máquina de vapor, perfeccionada hacia 1769 por James Watt, dio inicio a la Revolución Industrial y transformó para siempre el trabajo, la producción y el transporte de todo el mundo.
El telégrafo, en 1844, hizo que el mensaje viajara más rápido que el viento, permitiendo que la información cruzara continentes en instantes por primera vez.
La electricidad, con descubrimientos clave desde el siglo XIX, iluminó la noche y dio fuerza a los hogares, a las fábricas y a todos los avances que vendrían después.
El teléfono, en 1876, permitió que la voz humana se escuchara a miles de kilómetros de distancia, rompiendo el aislamiento entre las personas.
Los motores de combustión interna, desarrollados en 1876, nos llevaron a recorrer el mundo sobre ruedas, acortando distancias y cambiando para siempre la forma de movernos.
El avión, en 1903, nos elevó por los cielos, acortando enormes distancias y uniendo continentes en apenas unas horas.
La radio y la televisión llevaron la voz y la imagen a cada rincón del planeta, uniendo a la humanidad a través del sonido y la visión.
El helicóptero, en 1939, llegó donde ningún otro medio podía, abriendo nuevas posibilidades de ayuda, rescate y acceso a lugares remotos.
La computadora y el transistor, desde 1947, comenzaron a pensar y almacenar información con una capacidad que antes era inimaginable.
El primer viaje a la Luna, en 1969, llevó al ser humano a pisar por primera vez otro mundo, demostrando que la determinación puede llevarnos más lejos de lo que jamás se imaginó.
El internet, desde la década de 1990, conectó a la humanidad en un instante, permitiendo que el conocimiento llegue a cualquier lugar en segundos.
La inteligencia artificial, en nuestros días, nos acompaña en nuevos descubrimientos, ayudando a resolver problemas que antes parecían imposibles de alcanzar.
Junto a estos logros, la medicina ha sido quizás el avance más noble, pues ha permitido prolongar y salvar la vida. Se encontró cura y prevención a enfermedades que antes diezmaban a la humanidad: la viruela fue erradicada del planeta gracias a la vacuna de Edward Jenner; la rabia dejó de ser condena segura gracias a Louis Pasteur; la difteria, el tétanos, la tos ferina y la poliomielitis se detuvieron con vacunas que hoy protegen a millones de niños; la penicilina, descubierta por Alexander Fleming, abrió la puerta para vencer infecciones que antes mataban con facilidad; y se aprendió a prevenir y tratar la tuberculosis, el cólera, la fiebre amarilla, la malaria y las enfermedades del corazón. Gracias a todo esto, la esperanza de vida se duplicó en menos de dos siglos.
Sin embargo, junto a tanta sabiduría y capacidad creadora, han surgido también grandes amenazas. Existe hoy un capitalismo salvaje, que solo piensa en obtener ganancias rápidas sin importarle el daño que causa. Talan bosques enteros, contaminan ríos y mares, llenan el aire de humo y destruyen el suelo fértil, todo por aumentar sus riquezas. No les importa que el planeta se enferme, que desaparezcan animales y plantas, o que las generaciones futuras encuentren un mundo agotado. Su única ley es: producir mucho, vender rápido y ganar más, sin calcular el costo real de lo que destruyen.
A esto se suma un consumismo desmedido que nos ha hecho olvidar el valor de las cosas. Muchas personas cambian de vehículo todos los años, aunque el suyo funcione bien, solo por lucir lo más reciente. Compran ropa que usan una sola vez y luego la tiran a la basura, como si la tela, el trabajo y los recursos naturales no hubieran costado nada. Desperdician alimentos, agua, energía y objetos que podrían durar mucho tiempo, porque han aprendido a desechar en lugar de cuidar, a renovar en lugar de reparar. Han hecho de la acumulación una forma de vida, sin darse cuenta de que cada cosa que se tira sin necesidad representa un pedazo de la Tierra que se pierde para siempre.
Hoy somos más de 8 mil millones de personas, todos dependiendo de los mismos recursos que hace dos mil años: el agua, el aire, la tierra y los alimentos. El progreso es admirable, pero tiene un límite: la Tierra no se multiplica, ni sus recursos se renuevan al mismo ritmo que nuestra población, nuestra ambición y nuestro despilfarro.
Llama especialmente la atención que en este momento se estén invirtiendo sumas millonarias en el espacio, buscando planetas que tengan condiciones similares a las de la Tierra. Yo particularmente pienso que esos recursos deberían destinarse prioritariamente a cuidar y restaurar nuestro propio planeta, que es nuestro único hogar real y cierto. Buscar una nueva casa sin cuidar la que ya tenemos es como tirar el pan por la ventana para ir a buscarlo a la puerta del vecino.
Si las grandes empresas siguen destruyendo el medio ambiente sin control, y si las personas seguimos gastando y tirando sin medida, llegará el momento en que la vida en el planeta será sumamente difícil. La sabiduría antigua y la ciencia moderna nos enseñan lo mismo: la Tierra es nuestra casa prestada. Debemos cuidarla, respetarla y entregarla limpia y generosa a quienes vienen después de nosotros. El progreso sin responsabilidad, y la riqueza sin conciencia, pueden convertirse en nuestra propia ruina.