No somos sus dueños, sino sus guardianes
Antes de que el primer nombre fuera pronunciado, ella ya nos conocía. Antes de que existieran fronteras, monedas o leyes, la tierra ya respiraba con su propio ritmo, un latido que no necesita permiso ni explicación.
Ella vivía en ataraxia: sin prisa, sin codicia, sin miedo. Un equilibrio perfecto donde todo tenía su tiempo y su lugar. Fuimos nosotros quienes rompimos esa calma sagrada, creyendo que la inquietud era progreso y la paz, estancamiento.
La naturaleza es meticulosa: nada desperdicia, nada olvida. Cada hoja que cae vuelve a dar vida a la tierra que la sostuvo; cada gota de agua regresa al mar con paciencia infinita. Y ella permanece impertérrita: no se queja, no se rinde, solo espera. Porque sobrevive a nuestras locuras; somos nosotros quienes no sobreviviremos sin ella.
Vimos el cielo vestirse de arrebol cada tarde, sin saber que ese brillo también era un regalo, no un espectáculo para mirar de lejos, sino un abrazo constante que no nos costaba nada, y que poco a poco nos hemos atrevido a ensombrecer.
El daño que infligimos a la naturaleza no siempre es conspicuo al instante: empieza por un río que pierde su brillo, un árbol menos entre miles, un silencio donde antes cantaban aves. Pero lo pequeño se acumula, y un día descubrimos que lo perdido era insustituible.
El trato que le dimos a la tierra ha sido pérfido: tomamos su generosidad y le pagamos con olvido. Le prometimos cuidado y le dimos heridas. Ella nos abrió los brazos y nosotros le clavamos las manos.
Olvidamos lo icásti: que la verdadera riqueza no se mide en monedas, sino en ríos que corren libres, bosques que respiran y cielos que no se oscurecen.
Sostenemos la falacia de que somos los dueños de la tierra, y no sus guardianes. Que podemos agotarla sin que la factura llegue jamás.
Nos vendieron un relato apócrifo: que riqueza es destruir, que progreso es vaciar, que el precio del futuro puede pagarse con monedas de hoy.
Detrás de su discurso hay mendacidad: hablan de progreso mientras arrasan, prometen bienestar mientras empobrecen. Y saben que mienten.
Muchos discursos sobre el progreso son obra de un cacaseno: palabras solemnes que resuenan, pero al escarbar en ellas solo hallas vacío. No construyen nada, solo repiten consignas que no comprenden.
No seamos gaznápiros: no aceptemos que destruir sea progreso, ni que vaciar sea enriquecer. La verdad está a la vista; no cerremos los ojos.
Sin tierra fértil, sin agua pura, sin aire limpio: toda nuestra riqueza resulta nugatoria. Pues de nada sirve acumular monedas cuando ya no hay vida que sostener.
Proteger la vida no es una moda, es parte de nuestra idiosincrasia: de quienes somos, de dónde venimos y qué legado queremos ser.
No nos dejemos engañar por el discurso del badulaque: aquel que promete riquezas mientras empobrece la tierra, que habla de progreso sin entender que sin naturaleza no hay futuro. Sus palabras son aire que se dispersa, pero el daño que causan es real y perdura.
Pusimos vallas donde solo corría el viento. Pusimos precio a lo que nunca fue nuestra propiedad. Llamamos progreso a aquella vesania que nos empuja a devorar el mundo, creyendo que en la destrucción hallaremos plenitud, confundiendo la codicia con necesidad, y la riqueza con el sentido mismo de la existencia.
No escribamos la distopía que otros nos advirtieron: un mundo donde la riqueza brilla, pero la vida se apaga. Ese futuro no es destino, es una elección que aún estamos a tiempo de rechazar.
Cortamos los pulmones del planeta para alimentar fuegos pasajeros, creyendo que el silencio de los árboles era sumisión. Envenenamos el agua que corre por las venas de la isla, olvidando que el agua no solo da vida: también recuerda.
Y llegará el día —ojalá no sea tarde— en que el oro pierda su brillo y su poder, mientras la tierra herida siga siendo nuestra única casa. Entonces comprenderemos la verdad más antigua y olvidada: no heredamos este mundo de nuestros padres; se lo tomamos prestado a quienes aún no han nacido.
Como también expresara el escritor Antoine de Saint-Exupéry: "No heredamos la tierra de nuestros padres, se la tomamos prestada a nuestros hijos."
No somos sus dueños. Somos su memoria. Y si la destruimos, no perdemos solamente un paisaje: perdemos la parte más sagrada de lo que significa ser humano.
Porque un mundo sin árboles, sin ríos claros ni aire puro, sin el arrebol en el horizonte… no es un mundo pobre: es un mundo sin alma.
El dinero se gana y se pierde. Pero lo que muere en la naturaleza… no vuelve. No hay banco que preste un solo gramo de tierra fértil perdida. No hay mercado donde comprar un instante de aire limpio cuando ya no quede ninguno.
Que esta verdad resuene en cada conciencia: proteger la naturaleza no es caridad. Es justicia con el futuro. Es devolver con gratitud lo que jamás nos perteneció.