Santo Domingo.- En el vasto y complejo ajedrez de la geopolítica global, las piezas se mueven a menudo a conveniencia del más fuerte, ignorando las reglas tácitas del juego. Las violaciones de la soberanía de los pueblos, los asesinatos y secuestros de mandatarios y líderes no son meros incidentes, sino semillas sembradas en un terreno fértil para un futuro incierto. Nos encontramos al borde de un abismo que amenaza con desencadenar la Tercera Guerra Mundial, una conflagración que podría significar el crepúsculo de la humanidad.
Ante este panorama de profunda incertidumbre, la voz de la razón clama por el fortalecimiento de los organismos internacionales. Deben erigirse como faros de cooperación, como diques infranqueables contra las mareas de las agresiones que amenazan con el exterminio de la humanidad. Es difícil imaginar un rincón del planeta, bendecido con riquezas naturales o estratégicamente ubicado, que no haya sentido en algún momento de su devenir histórico el peso de la presión o la sombra de la agresión estadounidense, tejida a través de distintas épocas.
El mundo no puede estar a merced de la voluntad o el capricho de Donald Trump, quien, erigido en presidente de la nación más poderosa del planeta, proyecta una sombra de inestabilidad sobre la estabilidad mundial.
Los organismos internacionales que rigen las relaciones entre los países nacieron en un crisol geopolítico hoy transformado. Su capacidad para contener las embestidas unilateralistas ha revelado grietas profundas. No basta con apuntalar sus cimientos y nutrir sus arcas; es imperativo forjar un cuerpo de legislación internacional de carácter vinculante para todos los países del mundo, una red de justicia robustecida, capaz de infligir sanciones penales severas y económicas a quienes osen quebrantarla.
Esto demanda otorgar a la Corte Penal Internacional (CPI) facultades de ejecución más robustas y diseñar mecanismos inequívocos para castigar a los gobiernos que violenten los acuerdos globales. Sin el filo de la sanción, el multilateralismo se desmorona al punto de convertirse en un discurso florido al que las naciones poderosas, en su afán hegemónico, no le prestan atención.
Estas acciones, que amenazan el tejido mismo de nuestra civilización, nos sumergen a todos en un peligro existencial. Es menester, pues, insuflar vida a los organismos internacionales, erigir un muro de contención contra Trump, quien avanza sin rendir cuentas, creyendo que la presidencia de la nación más poderosa le otorga un pasaporte a la impunidad.
Por otro lado, el Congreso de los Estados Unidos debe asumir con responsabilidad su rol de contrapeso, domando las pulsiones intervencionistas del “nuevo emperador del siglo XXI”, cuyas acciones proyectan una sombra de inestabilidad sobre el mundo. El Poder Legislativo de la nación hegemónica porta una responsabilidad constitucional y moral indeleble: la de la fiscalización y el equilibrio. Urgen medidas legislativas que ciñan las manos del ejecutivo, que restrinjan su potestad para desertar de alianzas vitales o desatar conflictos sin el consentimiento de la representación popular. Si la deriva unilateral no es contenida, el mundo podría precipitarse en una vorágine de tensiones hasta desembocar en una confrontación bélica global que podría significar el fin de la humanidad.
En tiempos recientes, hemos sido testigos de embates contra Venezuela –incluyendo el secuestro de su presidente Nicolás Maduro y su esposa, además del asedio a sus funcionarios–, y de un ataque en Irán que segó la vida de su líder supremo Ali Jamenei y cientos de civiles inocentes, incluyendo niños. Este "leviatán" moderno, ajeno a las sanciones, parece encontrar en la impunidad un estímulo para seguir desgarrando las soberanías de los pueblos. Las actuaciones arbitrarias de Trump, desde el desdén por pactos internacionales hasta la adopción de posturas beligerantes hacia diversas naciones, dibujan un panorama de riesgo inminente.
La historia, esa maestra implacable, nos ha legado lecciones sobre el destino de quienes se erigen por encima de las instituciones. Cayo Julio César, figura titánica de la antigüedad, cuya grandeza se desbordó en los campos de batalla, en los foros políticos y en la gestación cultural, es un testimonio de ello. Con una destreza militar que asombró al mundo, sometió vastos territorios, como la Galia, y demostró un liderazgo sin precedente en la nación fundada por Rómulo y Remo. Su visión transformadora reconfiguró la República Romana, sentando los cimientos del Imperio. Su maestría comunicativa, plasmada en sus "Comentarios", y su audacia ante los desafíos de su tiempo, lo consagran como un arquetipo de la grandeza humana, cuyo legado resuena a través de los siglos.
Sin embargo, al acumular poder, prestigio y popularidad, desafió las instituciones republicanas para concentrar el mando en sus manos, enfrentándose a senadores que buscaban preservar el orden establecido. El 15 de marzo de 44 a.C., un grupo de senadores liderados por Bruto y Casio conspiraron contra él y lo atacaron en la sala del Senado del Teatro de Pompeyo, dándole entre 23 y 27 heridas, una mortal en el pecho.
La historia está colmada de ejemplos que nos recuerdan, con la contundencia ineludible de la tragedia, que ninguna persona, por elevada que sea su posición o desmedido su poder, está por encima de la ley ni del bien común. Cuando aquellos que ostentan el poder desprecian los contrapesos institucionales, priorizan intereses particulares por encima del orden colectivo, o llevan adelante acciones que violentan la soberanía de otros pueblos, las vías de hecho, en su forma más cruda, tienden a imponer sus límites, a menudo de manera brutal e irreversible. Si bien cada época y cada contexto son distintos —y el paralelismo con figuras contemporáneas como Trump no es una equivalencia literal, sino una advertencia simbólica—, la enseñanza fundamental sigue siendo válida y universal: el que hace un uso desmedido de la fuerza, ignorando las estructuras y los principios que rigen la convivencia civilizada, no solo corre el riesgo inminente de encontrar un final inesperado y trágico, sino que, más importante aún, siembra las semillas de un caos del que toda la humanidad podría terminar pagando el precio. La historia no se repite exactamente, pero sí rima, y la rima de la ambición descontrolada y la desobediencia a las normas colectivas suele ser, invariablemente, la de la destrucción.
Autor: Edwing Yoel Pascual Hernández, licenciado en derecho
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Sobre Edwing Yoel Pascual Hernández
Nacido el 20 de febrero de 1984 en Monte Plata, abogado de profesión y oficio con 17 años de experiencia en ejercicio, ha acumulado un vasto conocimiento en diversas áreas del derecho, incluyendo derecho penal, civil, laboral, inmobiliario, corporativo y administrativo.
Antes de establecerme como abogado, me desempeñé como alguacil ordinario de la Cámara Penal del Departamento Judicial de Santo Domingo, lo que me brindó una valiosa perspectiva sobre el sistema judicial.
En la actualidad soy estudiante de término en la carrera de Comunicación Social.
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