La reciente ola de violencia que ha sacudido a Boca Chica ha dejado dolor, miedo y una profunda sensación de desamparo en toda la comunidad. Ante estos hechos violentos, la respuesta institucional no se ha hecho esperar: operativos policiales contundentes, persecuciones y la lógica inmediata de neutralizar a quienes aparecen como supuestos responsables directos. Sin embargo, más allá de la urgencia por calmar las calles, este suceso nos obliga a reflexionar: ¿Estamos atacando solo la punta del iceberg o tenemos la valentía de enfrentar lo que lo sostiene? La seguridad real no se construye solo con reacciones ante la tragedia, sino con políticas públicas y la visión de fondo que muchos prefieren ignorar.
El combate a la criminalidad debe ser asumido como una política de Estado. Este flagelo no se enfrenta solo con represión, aunque en casos excepcionales haya que acudir a este método para garantizar la seguridad de todos.
En nuestro país veo con mucha preocupación la alegría que manifiestan muchas personas cuando la Policía Nacional pone en 29 —en supuestos intercambios de disparos— a presuntos delincuentes. Quienes manifiestan alegría por las muertes violentas de esos presuntos infractores de la ley penal tienen una miopía que no les permite ver más allá de la superficie.
Para entender los fenómenos del crimen, hay que navegar en aguas profundas. La criminalidad es un asunto complejo que debe abordarse con conocimiento y seriedad. Existen factores endógenos y exógenos que inciden en ella. Los factores endógenos son aquellos que nacen del interior: la debilidad institucional, la corrupción en las filas del orden, impunidad, la falta de valores, la desintegración familiar o la propia estructura del sistema de justicia. Los factores exógenos provienen del entorno externo: la pobreza, la desigualdad, el desempleo, la falta de oportunidades, la proliferación de armas y la influencia de entornos criminales. El Estado debe tener conocimiento pleno de cuáles son los factores que están provocando el incremento de la violencia. Mientras no se cuente con un diagnóstico serio, no habrá forma de combatir la delincuencia con efectividad. Se pueden activar todos los organismos de inteligencia del Estado y dar luz verde al Dicrim para que salga a poner en 29 a todos los supuestos delincuentes de la República Dominicana; y aun si se logra esa meta, en poco tiempo la sociedad producirá una cantidad igual o mayor de delincuentes. Esto ocurrirá si se mantiene ese círculo vicioso, pues no se podrá salir de él mientras no se combatan las causas que generan el crimen.
Dentro de los males que más afectan a la sociedad dominicana se encuentra el microtráfico de estupefacientes. La mayoría de los hechos de violencia que se generan en el país están vinculados a esa actividad ilícita. ¿Quién la controla? De las respuestas que cada quien formule se puede llegar a la conclusión de que la delincuencia no se combate con la eliminación de supuestos delincuentes: hay que ir más arriba.
La República Dominicana es un país pequeño, y me atrevo a asegurar que aquí nadie puede dedicarse a una actividad ilícita a la vista de todos sin la complicidad de autoridades que se lucran con la ilegalidad.
Si realmente se quiere combatir el crimen, hay que empezar por desmontar esas estructuras que durante mucho tiempo han operado con impunidad en el país. Cuando la cara visible se ve involucrada en algún hecho delictivo que trasciende, vemos cómo sus integrantes son asesinados o apresados en tiempo récord; sin embargo, la estructura que le permitió operar sigue intacta, lo que posibilita que estos peones sean sustituidos por otros, mientras una ciudadanía ingenua celebra creyendo que se está combatiendo la delincuencia.
Lo ocurrido en Boca Chica no es un hecho aislado, es el síntoma de un sistema delincuencial que sobrevive porque solo nos ocupamos de sus peones, pero callamos o protegemos a quienes realmente lo dirigen. Mientras la respuesta del Estado siga siendo solo de fuerza inmediata y no se atreva a profundizar en la raíz —mientras no se investigue la complicidad interna y se ataque la estructura completa—, cada operación será solo una pausa pasajera. La verdadera victoria no se mide por cuántos caen, sino por cuánto se desmantela para que el mal no vuelva a crecer. La seguridad es un derecho que merece más que apariencia: merece que tengamos el valor de ver, y actuar, sobre lo que todos suelen ocultar.