Santo Domingo.- La psicóloga clínica Laurie Peña llama a reflexionar sobre la normalización de las conductas delictivas, la búsqueda de validación emocional y la responsabilidad del entorno social en la construcción de vínculos afectivos saludables.
La reciente controversia pública generada tras la muerte de Michael Junior Rodríguez Peguero, conocido como «Maicol Peluche», señalado por las autoridades por su presunta vinculación con hechos delictivos, ha abierto un debate que trasciende el ámbito policial y coloca sobre la mesa importantes interrogantes psicológicas y sociales acerca de las relaciones afectivas, la validación emocional y la normalización de la violencia.
La exposición en redes sociales de varias jóvenes que afirmaban haber mantenido relaciones sentimentales con el fallecido ha despertado el interés de la opinión pública. Algunas de estas expresiones han sido interpretadas como una competencia por el lugar que cada una ocupaba en su vida, generando cuestionamientos sobre las dinámicas afectivas que pueden desarrollarse alrededor de figuras asociadas con poder, reconocimiento social o conductas delictivas.
Desde una perspectiva psicológica, la psicóloga clínica Laurie Peña considera necesario abordar este fenómeno con responsabilidad, evitando los juicios apresurados y las etiquetas que puedan estigmatizar a las mujeres involucradas.
«Cuando una relación se convierte en una fuente de estatus, reconocimiento o validación personal, es importante preguntarnos qué significado emocional tiene ese vínculo para quienes participan en él. No se trata solamente de con quién se relacionan, sino de qué creencias, necesidades y aprendizajes pueden estar influyendo en sus decisiones afectivas», plantea el enfoque clínico de esta reflexión.
La romantización de la violencia y el aprendizaje social
Uno de los aspectos que merece especial atención es la posibilidad de que determinadas conductas delictivas o abusivas sean reinterpretadas socialmente como expresiones de poder, atractivo, éxito o prestigio.
Cuando una conducta que genera daño recibe admiración, aprobación o reconocimiento, puede producirse un proceso de normalización que disminuya la percepción de sus riesgos y consecuencias.
Desde la teoría del aprendizaje social, las conductas no se desarrollan de manera aislada: las experiencias, los modelos observados y las respuestas del entorno pueden influir en aquello que una persona aprende a considerar aceptable, deseable o digno de reconocimiento.
En este sentido, la problemática no debe limitarse a las decisiones individuales de las jóvenes ni a las actuaciones atribuidas al fallecido. También invita a examinar la influencia de los grupos de pares, las redes sociales y los entornos que, de manera directa o indirecta, pueden reforzar dinámicas de violencia o transgresión.
La necesidad de ser elegida: validación, competencia y autoestima
En algunas relaciones afectivas, ocupar el lugar de pareja oficial, recibir beneficios materiales o sentirse privilegiada frente a otras personas puede convertirse en una fuente de validación.
Sin embargo, estas expresiones públicas no permiten establecer, por sí solas, la existencia de dependencia emocional, baja autoestima o algún trastorno psicológico.
La evaluación clínica requiere comprender la historia individual, las condiciones de cada vínculo y las posibles experiencias de manipulación, coerción o violencia.
El desafío consiste en promover una cultura afectiva donde el valor de una mujer no dependa de ser elegida por una figura socialmente admirada, de competir con otras mujeres o de sostener una relación a cualquier costo.
El entorno social también tiene una responsabilidad
La aprobación de conductas abusivas o delictivas puede contribuir a que estas sean percibidas como aceptables. Por ello, la reflexión debe extenderse a los espacios familiares, comunitarios y digitales donde se construyen referentes de éxito, masculinidad, poder y relaciones de pareja.
No se trata de culpabilizar a quienes pudieron haber experimentado violencia, sino de cuestionar los discursos que convierten el abuso en entretenimiento, la delincuencia en prestigio y la competencia afectiva en una medida del valor personal.
Un llamado a la prevención y a la educación emocional
El caso plantea la necesidad de fortalecer los programas de prevención de violencia, educación emocional y relaciones saludables dirigidos a adolescentes y jóvenes.
La intervención psicológica y comunitaria debe promover la autonomía emocional, el reconocimiento de señales de abuso, el pensamiento crítico frente a los modelos de poder y la construcción de vínculos basados en el respeto y la seguridad.
«No podemos construir una cultura de paz mientras sigamos convirtiendo la violencia en espectáculo y el abuso en motivo de admiración. La prevención también comienza cuando dejamos de aplaudir aquello que vulnera la dignidad humana».
La reflexión final es colectiva: comprender estas dinámicas no significa justificar conductas delictivas ni condenar indiscriminadamente a quienes estuvieron vinculados afectivamente con una persona señalada por las autoridades. Significa reconocer que la violencia no se sostiene únicamente por quien la ejerce, sino que puede encontrar condiciones favorables en los entornos que la toleran, la reproducen o la celebran.
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Autora: Laurie Peña, psicóloga y terapeuta clínica
Dosis Terapéutica
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