En la fauna política dominicana, las movidas rara vez son lo que parecen a primera vista. Detrás de cada anuncio, cada acercamiento y cada posible alianza suele haber un cálculo de poder, de votos y, sobre todo, de recursos. Como dijo José Martí, frase que luego popularizó el profesor Juan Bosch: “En política hay cosas que se ven y cosas que no se ven; y las que no se ven, en su mayor parte, son más importantes que las que se ven”. Y precisamente esa enseñanza es la que nos invita a aplicar hoy ante la versión que circula con fuerza sobre la posible alianza entre Quique Antun y Alofoke.
Se dice que Federico Antún Batlle, conocido popularmente como “Quique Antún”, estaría buscando atraer a Santiago Matías para que este acepte ser candidato presidencial del Partido Reformista Social Cristiano (PRSC). A simple vista, lo que se ve es una apuesta por renovar, por sumar figuras con gran arrastre y por devolverle protagonismo a un partido que lleva años en retroceso electoral. Pero si miramos más allá de lo visible, como sugiere aquella frase, aparece una lectura muy distinta: el verdadero objetivo no sería impulsar a Matías ni ofrecerle un proyecto de gobierno propio, sino más bien entramparlo para usarlo como instrumento.
¿Por qué? La explicación está en las reglas del sistema político dominicano. Alofoke cuenta con una influencia mediática enorme y llega a sectores juveniles y populares que los partidos tradicionales no logran movilizar. Si él aceptara la candidatura, automáticamente el partido del gallo colorao ganaría visibilidad, simpatías y, lo más importante, crecería su caudal de votos. Y aquí está lo que no siempre se menciona: cuando un partido se convierte en una fuerza mayoritaria comienza a percibir cientos de millones de pesos anuales por concepto de financiamiento público, tal como establece la Ley de Partidos, Agrupaciones y Movimientos Políticos.
Bajo esta lógica, el beneficiario final no sería el candidato que aparece en las boletas, sino el presidente vitalicio de esa organización política, Quique Antún. Él, que ha dirigido el partido por décadas y conoce cada rincón de su estructura, mantendría el control total de la organización y de esos recursos millonarios. Así tendría su “jugada de gallos” totalmente garantizada: mover las piezas desde atrás, tomar las decisiones, administrar los fondos y sacar provecho político y económico, sin exponerse a los riesgos, críticas o responsabilidades que conlleva una candidatura presidencial.
No es un secreto que el PRSC ha visto reducirse drásticamente sus ingresos en los últimos años, al perder posiciones en el Congreso y en los ayuntamientos. Recuperar fuerza electoral no es solo una cuestión de prestigio: es una necesidad para volver a acceder a los recursos que el Estado asigna en proporción a los votos obtenidos. Y qué mejor forma de lograrlo que sumar a una figura que no viene de los políticos tradicionales, pero que tiene el arrastre necesario para levantar las cifras.
Claro está que esta es una lectura estratégica, una hipótesis que aún no cuenta con confirmación oficial. También hay que considerar que Santiago Matías no es un personaje ingenuo: si aceptara el reto, seguramente exigiría cuotas de poder, participación real y control sobre su propio proyecto, lo que podría desbaratar cualquier plan diseñado para usarlo como simple figura decorativa.
Sin embargo, aquella frase de Martí y Bosch sigue siendo la mejor guía: en política, lo que se anuncia y se muestra es solo la superficie. Lo que realmente define el rumbo son los intereses, los acuerdos y los cálculos que permanecen ocultos. En este escenario, la pregunta sigue abierta: ¿se trata de una oportunidad real o de una jugada donde quien juega de gallo seguirá siendo el mismo de siempre?